Había una vez, no hace mucho (aunque parezca de otro mundo), una montaña pequeña. No era alta, ni majestuosa, ni tenía nieves eternas ni cascadas espectaculares. Era simple, modesta, callada… Pero un día, el Creador la escogió para revelar Su Luz al mundo entero. ¿Por qué esa montaña y no otra? Porque no se creía merecedora. Porque no tenía ego.
Y esa, querido lector, es la pista número uno del misterio que vamos a desentrañar hoy: la verdadera felicidad no vive donde la buscamos. Vive donde no se presume. Donde se sirve. Donde se suelta el ego.
¿Dónde está la bendición y dónde se esconde la maldición?
En la Kabbalah se nos dice que toda bendición (berajá) y toda maldición (kelalá) tienen un origen profundo, energético. No son simplemente “cosas buenas” o “cosas malas” que nos pasan porque sí. No. Son manifestaciones de una conexión (o desconexión) con la Luz del Creador.
Y la maldición más potente, más dañina, más sutil, no es la pobreza, ni la enfermedad, ni el dolor. Es la tristeza.
Sí. Porque la tristeza —esa telaraña que se cuela silenciosa por los rincones del alma— es una negación del propósito de este universo: disfrutar la plenitud de la Luz. Es el engaño perfecto del Satán, que nos hace creer que la vida es gris, aburrida o que simplemente “así son las cosas”.
La gran trampa: felicidad en cápsulas instantáneas
Vivimos en una carrera sin meta, en una especie de bar infinito como contaba Rav Berg: vas a uno, no te llena; vas al otro, tampoco; el siguiente, peor. Y así seguimos, cambiando de pareja, de trabajo, de teléfono, de dieta, de red social. Creemos que la felicidad es ese “clic” que se siente cuando abres el empaque de algo nuevo… pero se disuelve tan rápido como la envoltura de un dulce.
¿Y sabes por qué? Porque esa felicidad es prestada. Es como el trailer de una película que nunca llega.
La dicha de los que no la necesitan
Pero si miras con atención, hay personas raras por ahí… Gente que no necesita tenerlo todo para sonreír. Que te abraza con el alma. Que te ve a los ojos y te hace sentir en casa. Personas que tienen una Luz que no viene del dinero, ni del éxito, ni de los likes. Una Luz que viene de adentro. De haber encontrado la fuente.
Esa gente descubrió que la felicidad no se compra ni se gana: se revela. Se revela cuando la conexión con el Creador es más fuerte que las expectativas del mundo. Cuando decides que no necesitas más para ser tú. Cuando entiendes que no hay nada afuera que pueda darte lo que solo se construye dentro.
El ego: el ladrón invisible
El gran saboteador de esta conexión, de este gozo interno, es el ego. Ese que te dice que mereces más, que te compara, que te hace sentir insuficiente, o superior, o ambos a la vez. El ego no es malo, simplemente es ruidoso. Es como una radio encendida todo el día hablándote de lo que te falta.
Por eso el Monte Sinaí fue escogido. No por ser alto, ni impresionante, sino por no creerse nada. Por estar en paz con su pequeñez. Por permitir que la Luz se manifestara sin interferencias.
Y ahí está el mensaje: la humildad no es humillación, es preparación. Es el terreno fértil donde la verdadera dicha puede echar raíces.
¿Entonces qué es la verdadera felicidad?
La verdadera felicidad no grita, no presume, no necesita escenario. Es un estado. Una conciencia. Es saber que estás exactamente donde debes estar, haciendo lo que debes hacer, con la certeza de que el Creador no te soltó ni un segundo. Incluso si no lo entiendes todo. Incluso si las cosas no se ven perfectas. Incluso si lloras.
Felicidad no es que todo salga bien, sino que todo lo que pase, te ayude a crecer. Y cuando ves eso… wow. Todo cambia.
Una historia que nos recuerda lo esencial
Así que la próxima vez que te sientas vacío, perdido, o persiguiendo cosas que no te llenan… recuerda a la montaña chiquita que se dejó usar por la Luz más grande. Recuerda que la bendición no está en tener, sino en conectar. Que la tristeza no se cura con compras ni viajes, sino con propósito. Y que tú —sí, tú— fuiste diseñado para algo más que sobrevivir: fuiste diseñado para brillar.
¿Y si hoy, justo hoy, dejaras de correr tras la felicidad… y empezaras a revelarla?

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