¿Y si tu “justicia” está lastimando a quienes más amas? (La verdad incómoda que nadie quiere aceptar)

¿Alguna vez has sentido que estás en lo correcto… pero algo dentro de ti te dice que estás siendo cruel? ¿Te has cachado creyendo que estás “corrigiendo” a alguien por su bien, pero al final solo sembraste miedo, resentimiento o tristeza? Sí, eso… eso se llama disciplina sin humildad. Y puede ser más peligrosa que…

¿Alguna vez has sentido que estás en lo correcto… pero algo dentro de ti te dice que estás siendo cruel?

¿Te has cachado creyendo que estás “corrigiendo” a alguien por su bien, pero al final solo sembraste miedo, resentimiento o tristeza?

Sí, eso… eso se llama disciplina sin humildad.

Y puede ser más peligrosa que cualquier error que estés tratando de corregir.

La trampa del “Yo solo quiero ayudarte”

La mayoría de nosotros caemos en esta trampa sin darnos cuenta.

Lo hacemos con nuestras parejas, con nuestros hijos, con nuestros alumnos, amigos, ¡con nosotros mismos!

Pensamos: “Si no le digo esto, no va a cambiar”.

“Yo sé cómo deben ser las cosas”.

“Yo tengo la razón”.

Y sí… puede que tengas razón. Pero, ¿a qué costo?

Porque si esa razón está envuelta en soberbia, si viene desde un lugar de “yo soy mejor que tú”, entonces no estás ayudando: estás aplastando.

Hod de Guevurá: El arte de juzgar desde el alma… no desde el ego

En la Kabbalah, esta combinación se llama Hod de Guevurá.

Hod es humildad. Guevurá es disciplina, juicio, fuerza.

Cuando las juntas, no se trata de castigar, corregir o señalar desde arriba. Se trata de acompañar. De tener el valor de decir lo que se tiene que decir… sin perder la compasión.

¿Y sabes qué?

Esto no es fácil.

Porque el ego grita: “¡Hazlo entender de una vez!”.

Pero el alma susurra: “Primero escúchalo. Conócelo. Ámalo”.

Paso a paso: Cómo disciplinar con humildad y no con arrogancia

Antes de hablar, respira y pregúntate: ¿Estoy diciendo esto porque realmente quiero ayudar o porque me molesta lo que hace? Esto solo ya cambia el juego. Recuerda tu posición: No eres juez por tus méritos. Eres un canal temporal. Un instrumento que puede sanar… o herir. Mira al otro como un igual, no como un súbdito: Tal vez tú dominas ese tema, pero él/ella está lidiando con cosas que tú ni te imaginas. Habla con amor, aunque debas ser firme: No es suavizar el mensaje. Es suavizar la energía con la que lo entregas. Y si estás hablando con tus hijos o discípulos… aún más: Ellos no necesitan tu juicio. Necesitan tu guía. Tu ejemplo. Tu humildad.

Una historia real y dolorosa

Una vez, un maestro me dijo algo que nunca se me va a olvidar:

“¿Quieres saber si tu corrección es arrogante? Mira la cara del otro después de que hablaste. Si ves miedo, dolor o humillación… fallaste.”

Y sí.

Me pasó.

Creí que estaba corrigiendo a alguien “por su bien”. Pero le rompí el corazón.

No con palabras feas, sino con un tono arrogante.

Esa persona se alejó.

Y tardé años en entender que no fue lo que dije… fue desde dónde lo dije.

¿Y tú?

¿Has confundido disciplina con castigo?

¿Justicia con arrogancia?

¿Corregir con controlar?

Haz una pausa hoy.

Antes de juzgar, antes de regañar, antes de corregir…

Haz el ejercicio del día:

Pregúntate si lo estás haciendo desde el amor o desde el ego.

Y si no puedes responder con honestidad… mejor espera. Respira. Reflexiona.

Porque una corrección sin humildad no corrige nada. Solo lastima.

Hoy, dale una oportunidad a la verdadera fuerza:

La que se atreve a ser humilde.

La que guía con compasión.

La que entiende que todos estamos en proceso.

Comparte este artículo con alguien que sepas que ama ayudar, pero a veces se le va la mano.

No para señalarlo, sino para abrazarlo en su propio camino.

Y recuerda:

No estamos aquí para juzgar. Estamos aquí para aprender a amar mejor.

Ese es el verdadero poder.

¿Te resonó esto?

Déjame un comentario o mándame un mensaje:

¿Cuál ha sido tu experiencia con la disciplina sin humildad?

¿Alguna vez lastimaste a alguien por creer que estabas ayudando?

Hablemos. Aprendamos. Sanemos juntos.

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