A veces, la idea de “disciplina” nos suena como a algo rígido, inflexible, e incluso un poco distante. Pero, ¿qué sucede si tomamos la disciplina que ya tenemos, o que estamos tratando de construir, y la mezclamos con un elemento más profundo, más humano? ¿Qué pasa si aprendemos a ser compasivos en la forma en que nos exigimos a nosotros mismos y a los demás?
Aquí está el detalle: disciplina sin compasión puede convertirse en dureza. Es como regar una planta con un chorro de agua tan fuerte que terminas dañándola en lugar de nutrirla. Por otro lado, la compasión sin disciplina puede parecer simplemente consentir las debilidades propias y ajenas, sin ayudar a que nadie crezca.
Pero cuando combinas ambos elementos—disciplina y compasión—obtienes algo poderoso: Tiferet de Guevurá. Una especie de “compasión disciplinada” que no sólo guía, sino que también nutre. Es como un sol que no quema, pero que sí ilumina y calienta justo lo suficiente. Es la capacidad de reconocer los méritos en los demás, pero también de ayudarlos a canalizar sus fortalezas y enfrentar sus puntos débiles, todo ello con amor incondicional.
¿Qué significa, en la práctica, Tiferet de Guevurá?
Imagina que te has prometido mantenerte más organizado en tu vida diaria. Empiezas con fuerza: listas de tareas, horarios ajustados, metas claras. Pero un día te quedas atrás. La tentación puede ser castigarte mentalmente: “¡Otra vez no cumpliste, qué flojo eres!” Pero ahí es donde entra la compasión disciplinada. En lugar de regañarte, te detienes un momento y piensas: “Ok, no cumplí hoy, pero eso no significa que no pueda intentarlo mañana. ¿Qué puedo aprender de esto? ¿Cómo puedo hacer este proceso más llevadero, más humano?”
En este sentido, la compasión no es excusa para abandonar la disciplina. Es el ingrediente que la mantiene sana, sostenible, y, sobre todo, humana. También significa que, cuando se trata de los demás—compañeros de trabajo, amigos, familiares—puedes aplicar la misma fórmula. Si alguien comete un error, en lugar de saltar con críticas, primero busca entender qué pasó, y desde ahí, ayuda a construir un camino hacia adelante.
Un ejercicio diario para integrar compasión y disciplina
¿Te ha pasado que a veces no puedes evitar reprocharte o reprochar a alguien más? Tal vez fue una palabra dura que le dijiste a un amigo, o un pensamiento crítico hacia ti mismo por no haber hecho algo “perfecto”. Aquí hay un ejercicio sencillo pero transformador:
Piensa en una situación reciente donde hubo un reproche: ¿Fue hacia ti o hacia otra persona? Encuentra una oportunidad de compasión en esa situación: ¿Cómo puedes cambiar el tono de ese reproche? Por ejemplo, si es contigo mismo, trata de pensar: “No cumplí esta vez, pero hice lo mejor que pude con lo que tenía. Puedo intentarlo de nuevo, paso a paso.” Actúa desde la compasión: Si fue hacia otra persona, busca un momento para mostrarle que comprendes por qué ocurrió el error y ofrécele apoyo para corregirlo. Si fue contigo mismo, busca darte un recordatorio amable: “Hacerlo mejor es un proceso, no un castigo.”
La reflexión final
Cuando entiendes que compasión y disciplina no son opuestos, sino complementos, todo cambia. Dejas de ver la disciplina como un acto frío y mecánico, y empiezas a verla como un camino que puedes recorrer con amor, paciencia y humanidad. Tiferet de Guevurá no es simplemente ser compasivo, ni simplemente ser disciplinado. Es saber aplicar la fuerza de la disciplina con la calidez de la compasión, para construir relaciones más sanas, procesos más sostenibles, y una vida más equilibrada.
Tu próxima acción:
Hoy, encuentra una manera de ser compasivo contigo mismo o con alguien más. Cambia el reproche por comprensión, y observa cómo ese pequeño cambio puede transformar tu día, y tal vez incluso el de otra persona. Porque cuando abrazas la compasión dentro de la disciplina, no solo creces, sino que ayudas a los demás a crecer contigo.

Deja un comentario