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¿Eres demasiado bueno y por eso te pisan? Aprende a usar tu fuerza sin perder tu corazón

¿Te ha pasado que das, ayudas, compartes… pero terminas sintiéndote usado, desgastado o hasta traicionado? Tal vez estás operando con puro Jésed… pero te falta activar tu Guevurá. Sí, esa fuerza interior que no sólo dice “sí”, sino también sabe cuándo decir “no”. La que no se quiebra por complacer. La que no se deja…

¿Te ha pasado que das, ayudas, compartes… pero terminas sintiéndote usado, desgastado o hasta traicionado?

Tal vez estás operando con puro Jésed… pero te falta activar tu Guevurá.

Sí, esa fuerza interior que no sólo dice “sí”, sino también sabe cuándo decir “no”.

La que no se quiebra por complacer.

La que no se deja manipular con chantajes emocionales.

La que protege tu energía como un templo sagrado.

Y ojo, no estamos hablando de ser fríos o indiferentes… ¡para nada! Guevurá no es egoísmo. Guevurá es PODER. Es la sabiduría de poner límites desde el amor propio. Es el músculo espiritual que sostiene tu integridad cuando todo el mundo quiere algo de ti.

¿Qué es realmente Guevurá?

En Kabbalah, Guevurá es una de las 10 sefirot, justo del lado izquierdo del Árbol de la Vida.

Es el “brazo izquierdo” de la energía divina. No el que abraza, sino el que contiene.

Representa el juicio, la disciplina, el rigor. Pero también… el poder del discernimiento, la protección y la fuerza interior.

Donde Jésed (la benevolencia) fluye hacia afuera sin medida, Guevurá entra para poner orden y estructura. Porque dar sin discernir puede hacer más daño que bien.

¿Lo ves? No se trata de apagar tu luz.

¡Se trata de protegerla para que brille aún más!

¿Cómo se ve Guevurá en tu vida diaria?

Cuando dejas de decir “sí” por compromiso y comienzas a decirlo con convicción. Cuando filtras quién accede a tu tiempo, tu cuerpo, tu energía. Cuando te atreves a confrontar lo injusto, aunque tiemblen las piernas. Cuando te haces responsable de ti, de tus decisiones, de tus emociones. Cuando entiendes que el amor también necesita estructura, y que cuidar no es permitirlo todo.

¿Y cómo desarrollas esa fuerza?

Hazte amigo del juicio… sin ser juez de otros. Aprende a evaluar las cosas con claridad. Pregúntate: ¿esto es justo para mí? ¿me suma o me resta? No se trata de juzgar personas, sino situaciones. Entrena tu “brazo izquierdo”. Literal y simbólicamente. Practica posturas firmes en tu cuerpo y en tu vida. Usa artes marciales, yoga o simplemente aprende a quedarte quieto y firme cuando algo no vibra contigo. Pon límites sagrados. No hay crecimiento sin límites. Aprender a decir “no” es una forma de decirle “sí” a lo que realmente importa. Entra al silencio del corazón. Guevurá no grita. Observa, siente y decide desde la calma. Hay una fuerza tranquila que no necesita explotar… porque ya está segura de sí. Visualiza tus chispas caídas. Hay partes de ti que se entregaron donde no debían. Hoy, recógelas con amor y devuélvelas a su fuente. Es tu alma reclamando su dignidad.

Guevurá es el arte de amar sin desaparecerte.

De proteger sin endurecerte.

De tener una espada… y no usarla, salvo que sea necesario.

De saber que tu energía es un regalo divino y no cualquiera merece tocarla.

Porque si tú no te cuidas, ¿quién lo va a hacer?

Y si tú no te das valor, ¿cómo esperas que otros lo hagan?

Guevurá te recuerda que tienes permiso de ser poderoso, aunque tiemble el mundo.

Que decir “basta” también es espiritual.

Y que hay una fuerza en ti que viene directo desde el Monte Sinaí…

Donde la Torá no bajó con caricias, sino con fuego, trueno, y la Voz de Guevurá.

Hoy, haz algo diferente:

Detente. Evalúa. Y decide con poder.

Siente el brazo izquierdo en tu vida.

Usa tu voz para marcar tu espacio.

Y cuando alguien te diga “¿por qué te pones tan rígido?”, tú respóndele con una sonrisa:

“Porque aprendí que mi alma merece ser cuidada.”

Activa tu Guevurá. Tu alma lo está pidiendo a gritos… con calma.

¿Te resonó? Cuéntame:

¿Cuándo fue la última vez que tuviste que sacar tu fuerza sin dejar de ser tú?

Déjamelo en los comentarios, mándalo a quien necesita este recordatorio,

y recuerda: no estás aquí para complacer…

Estás aquí para ser real.

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