Imagina esto: una noche de Janucá, las velas parpadean, el aceite chisporrotea en la cocina, y en medio de la luz cálida, surge una pregunta que probablemente no esperabas: ¿qué lugar ocupa la guerra en el alma del pueblo judío? Es una pregunta incómoda, quizás, pero también crucial, especialmente cuando escuchamos las palabras poéticas de Shmuel HaNaguid, un sabio que vivió entre el filo de la espada y la sabiduría de la palabra:
“La guerra al comienzo es como una bella dama con quien todo el mundo quiere coquetear. Al final es como una bruja despreciada trayendo lágrimas y tristezas a quien quiera que la encuentre.”
Es una imagen potente, ¿no? Nos invita a mirar más allá de los fuegos artificiales de la victoria y a preguntarnos qué queda después del polvo de la batalla. ¿Por qué, entonces, Janucá, una festividad donde la guerra desempeña un papel central, es tan especial en la tradición judía?
La paradoja de Janucá y la guerra en el pensamiento judío
Primero, pongámonos en contexto. La historia de Janucá es una de resistencia heroica, una pequeña banda de macabeos enfrentándose a un imperio gigantesco. Una victoria militar épica, digna de canciones y celebraciones por generaciones. Pero aquí está el giro: la tradición judía no celebra la guerra en sí, sino lo que esa guerra permitió. No es el filo de la espada lo que brilla en Janucá, sino la luz del candelabro encendido.
Y esto no es casualidad. Piensa en otras figuras bíblicas que fueron grandes guerreros: Abraham, David, Moshé. ¿Dónde están sus festividades militares? No existen. La tradición judía no glorifica las batallas ni las victorias sangrientas. Más bien, las guerras se ven como medios tristes, aunque a veces necesarios, para alcanzar fines más elevados: la paz, la justicia, la libertad de espíritu.
La gran enseñanza de Shmuel HaNaguid
Aquí es donde Shmuel HaNaguid nos da una lección que podría cambiar la forma en que miramos la guerra y, quizás, la vida misma. La guerra puede empezar como algo atractivo, incluso emocionante, pero inevitablemente se transforma en sufrimiento. Es fácil coquetear con la idea de la lucha, ya sea en el campo de batalla o en nuestras propias vidas, cuando queremos imponer nuestra voluntad, “ganar” una discusión, o enfrentar a alguien más.
Pero al final, ¿qué queda? Las lágrimas. La tristeza. Una sensación de vacío. Shmuel no está diciendo que la guerra sea siempre evitable; a veces, como en Janucá, es necesaria. Pero nos invita a no enamorarnos de ella, a no glorificarla, porque al final, la guerra nunca trae más que pérdidas, incluso cuando “ganas.”
¿Un pueblo guerrero?
Esto nos lleva a una pregunta fascinante: ¿es el pueblo judío un pueblo guerrero? Si miramos las historias bíblicas, podríamos pensar que sí. Los relatos están llenos de conquistas y enfrentamientos. Pero el judaísmo clásico no enaltece al guerrero, sino al buscador de paz. Es significativo que, hasta la creación del Estado de Israel, ninguna otra batalla judía fuera conmemorada como Janucá. La guerra nunca fue la esencia del pueblo judío, sino una interrupción a su verdadero propósito: construir, crear, enseñar, sanar.
¿Qué cambió con el Estado de Israel?
Con el renacimiento del Estado de Israel, la relación del pueblo judío con la guerra cambió drásticamente. De ser un pueblo disperso, muchas veces indefenso, el pueblo judío pasó a ser uno que tuvo que luchar nuevamente por su existencia, esta vez en el escenario moderno. Las guerras recientes de Israel no son celebraciones, sino recordatorios de la fragilidad de la paz. Cada victoria militar en Israel viene acompañada de un profundo anhelo por un día en que las espadas se conviertan en arados, como profetizó Isaías.
¿Qué podemos ganar o perder con esta reflexión?
La gran pregunta que Shmuel HaNaguid nos deja es una advertencia y una invitación. ¿Estamos coqueteando con la guerra, con la confrontación, en nuestras propias vidas? Tal vez no sea una guerra literal, pero ¿cuántas veces nos dejamos llevar por el deseo de “ganar” en lugar de construir algo mejor juntos? En esta reflexión hay mucho que ganar: paz, conexión, entendimiento. Y mucho que perder si ignoramos su enseñanza: relaciones, humanidad, esperanza.
Janucá nos recuerda que, al final, no son las batallas las que importan, sino lo que hacemos con la libertad que obtenemos. ¿Usaremos nuestra luz para construir un mundo mejor, o para pelear la próxima batalla?
Tu turno: reflexiona y comparte
Te dejo con estas preguntas para esta noche de Janucá:
• ¿Qué opinas de las palabras de Shmuel HaNaguid?
• ¿Crees que todavía estamos coqueteando con la guerra en nuestra sociedad o incluso en nuestras relaciones personales?
• ¿Cómo podemos traer más luz y menos fuego a nuestras vidas?
La guerra puede parecer una dama atractiva, pero al final, todos merecemos algo mejor que el vacío de su abrazo. Enciende una vela, reflexiona, y comparte tu luz. Esa es la verdadera victoria.

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