Educar: Una Llama que Ilumina para Siempre (y Por Qué Todos Somos Maestros en Janucá)

¿Te ha pasado que alguien te dice algo y te cambia la vida? Tal vez fue un maestro en la escuela, un padre, o incluso un amigo que te dejó un consejo en el momento justo. Ahora imagina que tú puedes ser esa persona para alguien más. Porque sí, aunque no lo creas, todos somos…

¿Te ha pasado que alguien te dice algo y te cambia la vida? Tal vez fue un maestro en la escuela, un padre, o incluso un amigo que te dejó un consejo en el momento justo. Ahora imagina que tú puedes ser esa persona para alguien más. Porque sí, aunque no lo creas, todos somos maestros. Y de eso se trata esta charla: de cómo educar es encender una luz en el otro, una luz que nunca se apaga.

Vamos a empezar por el principio: “Instruye al niño en su camino, y aún cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). ¡Es poderoso, no? Pero espera, no dice “en EL camino”, sino “en SU camino”. Hay una diferencia abismal. No se trata de imponer un único sendero, sino de descubrir juntos el camino único que cada persona tiene. Educar no es moldear; es iluminar.

Educar es inaugurar mundos (y Janucá tiene mucho que enseñarnos)

¿Sabías que Janucá y Jinuj (educación) vienen de la misma raíz hebrea? Ambos significan “inauguración”. Encender una vela de Janucá no es solo una ceremonia; es un recordatorio simbólico de lo que hacemos al enseñar: iniciamos a alguien en un mundo lleno de significado. Cada luz que encendemos en la menorá representa una chispa que podemos activar en los demás.

¿Y cómo hacemos esto? Bueno, el rabino y filósofo Abraham Joshua Heschel tiene una frase que me vuela la cabeza: “Lo que se necesita más que nada no son libros de texto, sino personas que vivan el texto”. En otras palabras, no es suficiente enseñar; tenemos que ser. Tenemos que vivir lo que decimos.

¿Pero cómo hacerlo? Aquí está el secreto: vive lo que enseñas.

¿Te acuerdas del maestro que más te impactó en tu vida? Seguro no era solo por lo que decía, sino por lo que transmitía con su manera de ser. ¿Cómo manejaba los problemas? ¿Cómo te miraba cuando tenías una duda? Esa persona vivía lo que enseñaba.

Educar no es repetir palabras bonitas de un libro. Es vivirlas. Si quieres que tus hijos, tus alumnos, o incluso tus amigos aprendan algo, primero mírate al espejo: ¿crees en lo que estás diciendo? Porque si tú no lo haces, ellos lo sabrán.

Y no te preocupes si no eres perfecto (nadie lo es). Educar no es ser una enciclopedia andante; es ser honesto, apasionado, y vulnerable. Es decir: “Yo también estoy aprendiendo”. Es mostrar que estamos en el mismo viaje, buscando juntos.

Lo que puedes ganar (y lo que puedes perder)

Cuando decides enseñar algo en lo que crees, ganas credibilidad, confianza y una conexión que va más allá de las palabras. La gente recuerda más cómo la haces sentir que los datos que compartes. Pero si enseñas algo que no resuena contigo, corres el riesgo de convertirte en un “extraño” para ellos, como dice Heschel. Un extraño no inspira; un testigo sí.

Y aquí está lo más increíble: educar bien no solo cambia al alumno, te cambia a ti. Cada vez que enciendes una vela en alguien más, tu propia luz brilla con más intensidad. Es un círculo virtuoso.

Preguntas para reflexionar (y debatir bajo la luz de Janucá)

• ¿Qué significa para ti que la educación sea “inauguración”? ¿Alguna vez alguien “inauguró” un nuevo mundo para ti?

• ¿Por qué el proverbio dice “en su camino” y no “en el camino”? ¿Qué nos enseña esto sobre la individualidad en la educación?

• ¿Te ha tocado enseñar algo en lo que no creías? ¿Cómo lo manejaste?

• ¿Crees que uno solo debería enseñar lo que vive? ¿Qué significa para ti ser una “persona que vive el texto”?

Este Janucá, mientras enciendes las velas, piensa en las chispas que puedes encender en los demás. Porque todos, en algún momento, somos educadores. Y recuerda: las llamas que prendes en otros son las que nunca se apagan. ¿Estás listo para iluminar el mundo?

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